Celeste día, amaneciste abierto,
creciste como un brazo, reluciente,
y entretejiste tu celeste urgente
en la ceniza de otro día muerto.
Un solo sol se asoma de tu frente;
un solo sol, un ojo (vives tuerto)
que nos vigila olvido, pez, desierto,
en su serena altura, indiferente.
Y sin embargo, tú nos das la cara
ávido de exhibirte, abiertamente,
sin mascaradas de un color no tuyo:
sólo brillante imperas, transparente
te muestras -oh, celeste-, todo arrullo,
penetración y goce y cosa clara.
lunes, 20 de abril de 2009
Soleado
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1 comentario:
¿Estás seguro que no robaste los rayos del sol para realizar este soneto? Pues parece hilado con ellos.
Pude imaginarme ese soberbio cielo que nos mira siempre con dulzura y arrogancia a su vez.
Saludos!
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