sábado, 11 de abril de 2009

Eleuterio trabaja en una fábrica de abrazos y, por razones inexplicables, no le gusta su nombre. Ha venido del interior hace ya mucho tiempo a probar suerte, como se dice, y adónde se le ha dado por parar sino en una céntrica fábrica de abrazos. En fin.
Su día empieza, pues, con rápidos arrebatos de ducha y café con leche (cuando al despertador le falla la campanilla, estos arrebatos suelen no darse). Al despertador siempre le falla la campanilla últimamente. Eleuterio, entonces, ya sea pensando en café con leche, o ya en dulces insultos a las campanillas, entra en la fábrica a las ocho de la mañana de todos los días, y no es hasta las cinco de la tarde que sale y rumbea para la carnicería. También es carnicero, valga decirse. Pero sigamos con su gran labor poética.

En la sala de máquinas, a Eleuterio le toca empaquetar los abrazos en pequeñas bolsas de nylon verde con aquí y allá el logotipo de la empresa distribuidora, y es aquí donde él se siente más bienaventurado: es el único empleado de la fábrica que logra resistirse a la tentación de tomar uno o dos abrazos para sí en lugar de empaquetarlos. Por esto el gerente don Ramírez lo aprecia muchísimo.

Sólo una vez ha cedido. Le hicieron llegar, blanca y sospechosa, una carta desde el interior que anunciaba, tras religiosamente fingidos acompañamientos y condolencias, la muerte de su madre debido a 'no se sabe, el dotor la vio y que no hay caso, dice, no hay motivo'. Previsible gran tristeza, Eleuterio no encuentra refugio en sitio alguno, no hay abrazos para él y su desdicha; no hay abrazos. Decide abrir la bolsa verde. El abrazo que sale conmueve cada partícula conmovible de su cuerpo mezquino, es tibio, arrasa las condolencias.

Pero ahora venían los remordimientos -aunque sólo fue uno, un solo abrazo, había que ver cómo lo ganaban los nervios, pensando en cosas sin importancia, a él que nunca había robado nada, cómo iba a poder pagar, con tantas deudas-. Crecidos los remordimientos, y gastadas las uñas, acude a dar disculpas a quien sea, quiebra el aire de disculpas, de carcajadas. Se retuerce los brazos, sabe que debe hacerlo, puesto que el abrazo que robó podría haber sanado muchas penas, se piensa cretino.

Gracias a Dios y a Mandinga, y para evitar un mayor escándalo, el gerente don Ramírez lo perdona, por esta vez, Eleuterio, y que no se repita.

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