Abre el frasco.
miércoles, 2 de junio de 2010
Adela
Abre el frasco.
viernes, 19 de junio de 2009
Lo que sucede adentro de un poema.
Este arcángel oscuro y de silencios
y estas manos ardiendo frágilmente
dan su danza en que todo exhala un nombre,
como si alguien dijera nada y la nada fuera
tan simple
(como nada) y tan posible
como esa concepción de la memoria
en la que al fin el mundo acaba en flores
y en otros tantos símbolos pudriéndose.
La danza acaba.
Todo se dispone
(¡oh, la razón secreta de la sangre!)
a entrar de cuajo en nuestros nuevos cuerpos
sólo actores en la invasión nocturna:
vigilia ya incesante,
ya perfecta,
ya azul;
muy espantoso
rito de sutileza inmaculada
para quien puede andar de muerte en muerte
sin el requerimiento de haber muerto
antes;
y sin embargo muere un día
de luces transparentes,
y callado,
como si todo, en eso, consistiera.
martes, 5 de mayo de 2009
En realidad el primer roce no fue nuestro, eso vino después, la cosa en realidad empezó por un tamborileo de dedos sobre un libro o aquel mismo pájaro volando en dos puntos diferentes, convergentes (lo veíamos tan claro). No fue nuestro el primer roce. Al roce lo empezaron las cosas. Recordarás la puesta de sol en pleno mediodía, el muro lila, el baile de perros que te llevé a ver al puerto, esos detalles en los que ya casi nadie cree. Qué me importa.
Casi sin esfuerzo me llegan los olores a pescado fuerte entreverado con flores, porque en el puerto abundan las flores y pescados y la gente que camina, y en el remolino de gente y mesas y avenidas también estábamos nosotros, no aún nosotros, sino cada uno por su lado y lo más bien, porque entonces estar uno aquí y el otro allá no era esta desesperación en la nostalgia insoportable, no este deshojar de almanaques y relojes. No, solía ser sencillo. Ahora la distancia abre a su vez otras medidas de distancia, ahora cada cuadra sensiblemente se vuelve el viaje más extenso del mundo, sin considerar que de hecho no son cuadras, que a esta distancia los viajes se miden en tiempo o en pilas de aparato mp3. Tampoco importa. Ahora la relación podrá reducirse a la espera de una voz tras del teléfono, a creer que es imposible, en sí, que una puesta de sol se lleve a cabo en pleno mediodía, a meterse en la cabeza a garrotazos el olvido y el dolor, porque duele, claro que duele, habrá que hacer la fuerza necesaria para acabar por deglutirlo, será cuestión de hacerse a la idea..
O de tomar coraje.
lunes, 20 de abril de 2009
Soleado
Celeste día, amaneciste abierto,
creciste como un brazo, reluciente,
y entretejiste tu celeste urgente
en la ceniza de otro día muerto.
Un solo sol se asoma de tu frente;
un solo sol, un ojo (vives tuerto)
que nos vigila olvido, pez, desierto,
en su serena altura, indiferente.
Y sin embargo, tú nos das la cara
ávido de exhibirte, abiertamente,
sin mascaradas de un color no tuyo:
sólo brillante imperas, transparente
te muestras -oh, celeste-, todo arrullo,
penetración y goce y cosa clara.
sábado, 11 de abril de 2009
Eleuterio trabaja en una fábrica de abrazos y, por razones inexplicables, no le gusta su nombre. Ha venido del interior hace ya mucho tiempo a probar suerte, como se dice, y adónde se le ha dado por parar sino en una céntrica fábrica de abrazos. En fin.
Su día empieza, pues, con rápidos arrebatos de ducha y café con leche (cuando al despertador le falla la campanilla, estos arrebatos suelen no darse). Al despertador siempre le falla la campanilla últimamente. Eleuterio, entonces, ya sea pensando en café con leche, o ya en dulces insultos a las campanillas, entra en la fábrica a las ocho de la mañana de todos los días, y no es hasta las cinco de la tarde que sale y rumbea para la carnicería. También es carnicero, valga decirse. Pero sigamos con su gran labor poética.
En la sala de máquinas, a Eleuterio le toca empaquetar los abrazos en pequeñas bolsas de nylon verde con aquí y allá el logotipo de la empresa distribuidora, y es aquí donde él se siente más bienaventurado: es el único empleado de la fábrica que logra resistirse a la tentación de tomar uno o dos abrazos para sí en lugar de empaquetarlos. Por esto el gerente don Ramírez lo aprecia muchísimo.
Sólo una vez ha cedido. Le hicieron llegar, blanca y sospechosa, una carta desde el interior que anunciaba, tras religiosamente fingidos acompañamientos y condolencias, la muerte de su madre debido a 'no se sabe, el dotor la vio y que no hay caso, dice, no hay motivo'. Previsible gran tristeza, Eleuterio no encuentra refugio en sitio alguno, no hay abrazos para él y su desdicha; no hay abrazos. Decide abrir la bolsa verde. El abrazo que sale conmueve cada partícula conmovible de su cuerpo mezquino, es tibio, arrasa las condolencias.
Pero ahora venían los remordimientos -aunque sólo fue uno, un solo abrazo, había que ver cómo lo ganaban los nervios, pensando en cosas sin importancia, a él que nunca había robado nada, cómo iba a poder pagar, con tantas deudas-. Crecidos los remordimientos, y gastadas las uñas, acude a dar disculpas a quien sea, quiebra el aire de disculpas, de carcajadas. Se retuerce los brazos, sabe que debe hacerlo, puesto que el abrazo que robó podría haber sanado muchas penas, se piensa cretino.
Gracias a Dios y a Mandinga, y para evitar un mayor escándalo, el gerente don Ramírez lo perdona, por esta vez, Eleuterio, y que no se repita.
domingo, 29 de marzo de 2009
Noche
Ocurre pronto una salvación de elementos drásticamente oscuros, pronto en el sentido de que empiezan a moverse detrás nuestro ni bien se ha ido la luz, con los primeros ecos difusos de lobos o cantautores epilépticos. Todo esto es relatado a su vez por pequeñas franjas de narradores (todo el mundo está enfermo) que, apostados contra la barra de madera pulida de un bar cualquiera, ya sea en la Ciudad Vieja o en algún recodo del barrio de Flores, dejan salir torrencialmente grupos de frases hechas de sombras y de sangre derramada. Pero he aquí que las primeras luces de la noche, o sus primeros destellos no apagados, invaden el ámbito de gritos y elucubraciones (sea cual fuere su significado sólo sombrío), derribando en un momento el muro que divide, durante las horas del día, a las criaturas perversas de las otras, las no ocultas, las que se arman de silencio y que se exponen. A saber: la perversión de estas criaturas, que es nuestra porque somos nosotros porque nacimos de algún centro, no tiene límites.
martes, 24 de marzo de 2009
Hoy
En cuanto a cristalinas esperanzas dilatándose atrás del gran castillo, lo cual no significa absolutamente nada, no sé mucho. Yo nunca sé de muertes amarillas. Ustedes sacarán sus propias conclusiones. Pero, al menos, puedo estar definitivamente seguro (de esto no hay pruebas fehacientes) de que hoy, ahora, en este mismo instante. ¿Puedo? El tono de mi voz es ahora (y cuándo sino ahora, cómo podría ser de otro modo) el tono de mi voz (¿es?) está en vibración, sufre de miedo. Y acaso por esta causa supongo que no puedo, pero ¿puedo? Puedo sí. Cómo no. Cómo no voy a poder si acá estoy y me palpo y nos palpamos y es gracioso ver el tumulto de palmas y el precinto de lo que, ahora no, no aún, será hoy (pero no hoy, es claro). Mañana: el precinto de mañana es hoy, y esto es muy alarmante. Sólo sé del silencio si pienso en otra cosa. Silencio, pienso, y digo: con ruido no me sirve. Y pienso en cosas blancas, en la luna de leche, o en el pan con manteca. Y pienso en siete sílabas, o en un mar no salobre, o en la frase siguiente: 'Hoy es hoy/ y a la vez/ es más/ y más./ No es nada.'... Y no sé quién la dijo.
Lo buscaré mañana.