miércoles, 2 de junio de 2010

Adela

Adela (puesto que no se nos es dado revelar su verdadero nombre, que no existe) siente mucho frío y está terminando de acomodar a empujones una muñeca de trapo en su mochila de terciopelo azul, la cual tiene unas flores de loto muy hermosas bordadas en hilo blanco. La muñeca tiene la cara desfigurada y en la madrugada siempre está llorando o danzando a la melodía de su canción desconocida, según las confesiones que nos hacen algunos vecinos de Adela. A todo esto la muñeca luego alegará que fueron los vecinos quienes le pidieron que no entrara en la mochila, que cualquiera fuese la situación no entrara, que le suplicaron, pero no es nuestra intención hacer caso del lenguaje de las cosas (la muñeca es una cosa; los vecinos son una cosa). Adela entra en pánico al no poder mover el cierre ni un poco, con esfuerzo trata de cerrar la mochila pero no lo consigue -creemos que algo se lo está impidiendo-. Corre por la casa dando voces de auxilio, se clava las uñas en la piel. Llora. Alza la vista hasta el botiquín, con la vista está buscando (aún no lo sabe) alguna herramienta con la que vencer al cierre de la mochila azul y a su vez a todos los cierres, pero sólo encuentra un pomo de pasta dentífrica, un frasco de pastillas, una caja de fósforos. Recuerda la cara desgarrada de la muñeca y comienza a llorar amargamente, y entonces se acuerda de todas las noches en que no pudo dormir tratando de consolar a la muñeca profundamente herida, se acuerda muy bien, y así le van llegando otros recuerdos: la madre ahorcada en el jardín de los Aguirre, los niños del Chaco muriéndose de hambre o la vez en que un perro negro partió delante de sus ojos el cuello de su gato blanco. Otros recuerdos igualmente nítidos se proyectan en la visión de Adela hasta que desde la mochila se escucha, apagada, una horrible risa.
Abre el frasco.