En realidad el primer roce no fue nuestro, eso vino después, la cosa en realidad empezó por un tamborileo de dedos sobre un libro o aquel mismo pájaro volando en dos puntos diferentes, convergentes (lo veíamos tan claro). No fue nuestro el primer roce. Al roce lo empezaron las cosas. Recordarás la puesta de sol en pleno mediodía, el muro lila, el baile de perros que te llevé a ver al puerto, esos detalles en los que ya casi nadie cree. Qué me importa.
Casi sin esfuerzo me llegan los olores a pescado fuerte entreverado con flores, porque en el puerto abundan las flores y pescados y la gente que camina, y en el remolino de gente y mesas y avenidas también estábamos nosotros, no aún nosotros, sino cada uno por su lado y lo más bien, porque entonces estar uno aquí y el otro allá no era esta desesperación en la nostalgia insoportable, no este deshojar de almanaques y relojes. No, solía ser sencillo. Ahora la distancia abre a su vez otras medidas de distancia, ahora cada cuadra sensiblemente se vuelve el viaje más extenso del mundo, sin considerar que de hecho no son cuadras, que a esta distancia los viajes se miden en tiempo o en pilas de aparato mp3. Tampoco importa. Ahora la relación podrá reducirse a la espera de una voz tras del teléfono, a creer que es imposible, en sí, que una puesta de sol se lleve a cabo en pleno mediodía, a meterse en la cabeza a garrotazos el olvido y el dolor, porque duele, claro que duele, habrá que hacer la fuerza necesaria para acabar por deglutirlo, será cuestión de hacerse a la idea..
O de tomar coraje.
martes, 5 de mayo de 2009
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